MANOLITO VILACORO, EL FRANCESITO DEL PUENTE

Manolito Vilacoro se hizo famoso desde antes de nacer. Su padres, Asunción y Julián, fueron una de las primeras parejas españolas que, renovar o morir, emigraron a la capital en busca de su niño probeta. Abatidos tras cinco intensos años tratando de criar polluelos sin conseguirlo, con su atillo ligero, partieron desde Logroño a Madrid, a una clínica recién inaugurada, que prometía “la mejor tecnología y modernidad de la ciencia…”, especialmente en lo relativo a la fecundación que aun no se llamaba “in Vitro”.

11 meses después de aquel viaje, entre reporteros y plumillas que llegaban al hospital de la capital, nació Manolito Vilacoro, el primer riojano de bote que vino al mundo sereno, feliz, y guapo como su madre.

Manolito Vilacoro era un niño de ojos verdes, pelo rubio oscuro, mejillas sonrosadas, y talla y peso completamente normal. Solo sufrió una pequeña anomalía en su crecimiento,  que los años demostraron que no era tal. A Manolito Vilacoro no acababan de salirle los “paletos”. Ya había cumplido los dos años y chapurreaba algún que otro chascarrillo seseante cuando por fin Asunción, aplaudiendo primero y comiéndoselo a besos después, celebró emocionada el dientecito que asomaba en el centro de su boca. Dos meses después salió el segundo, bastante separado, eso si. Pero Asun y Julián pensaron que eso, lejos de ser un defecto, incluso hacía que Manolito Vilacoro pareciera más gracioso.

Pero, cuando Manolito creció, y  con él los nuevos dientes, definitivamente los dos centrales quedaron exageradamente separados el uno del otro, dejando entre ambos un puente que desde que asentó su existencia, sus padres llamaron “Puente Plata”.

Al principio, el pequeño aceptaba contento las bromas de amigos y familiares sobre aquello que decían “no tenía importancia….”. Puente Plata, como ya le llamaban en su casa, seguía siendo un niño alegre y divertido que no sentía reparo en dejar el puente al aire, cuado algo le hacía gracia. Sobre todo, cuando presenciaba un tropezón. Se partía, no podía evitarlo. No importaba el origen, la persona o la situación en la que alguien tropezaba. Servía el tropezón de un actor en una película, el de su amigo en las correrías campestres o el de su propio padre al no medir la subida de un peldaño de escalera. El caso es que, como si le apretaran un resorte, los tropezones se habían convertido en una causa incontrolable para la risa del chico. Y al reírse tanto, su saliva salía disparada por el puente, salpicando a los que estaban alrededor, incluido el pobre caído que siempre le acababa mirando sin indulgencia a tanta fiesta. Eran estas las únicas ocasiones en las que Asunción, dirigiéndose a él por su nombre de pila” le decía:

– Manolito, ¡controla el puente!

Pero, Manolito no podía cerrar la boca y la mayor parte de las veces, tenía que irse del sitio para, ajeno al percance, poder calmarse.

Con el tiempo, Manolito Vilacoro fue creciendo y, lo que antaño resultara tan gracioso, un día inesperado se convirtió en un auténtico problema.  En su décimo tercer cumpleaños, Julián quiso regalar a Vilacoro Junior un reloj: un modelo digital de reciente lanzamiento, la locura de todos los adolescentes,  al que añadieron una chapita metálica en la correa con una inscripción que ponía “Puente Plata”, y la fecha del día. Casualmente, un reportero de la recién inaugurada televisión local, recordó que era el cumpleaños del primer riojano probeta. Un poco falto de noticias, decidió tirar de un cámara novato, y plantarse por sorpresa en  la casa del chico. Eran ya las siete de la tarde,  y la familia lo estaba celebrando. Los padres encantados, hicieron pasar al periodista  y a su acompañante, convidándoles a una cerveza.  Asun emocionada, instó a Manolito a que les mostrara su flamante reloj. El redactor, reparó rápidamente en el detalle de la chapa y leyendo la inscripción, pregunto curioso por el significado de la misma. Faltó tiempo para que los orgullosos padres le dieran todo tipo de detalles y explicaciones, terminando su discurso con un:

– Anda hijo ¡ríete un poco!, que este señor tan majo te pueda ver tu Puente Plata.

Pero por primera vez Manolito, sospechando que aquel reportero dicharachero cambiaría su vida sin remedio, no sonrió. Apretó sus labios con fuerza y se negó, rotundamente, a abrir la boca.

Al día siguiente, todos en el colegio le estaban esperando cargados de crueldad. La noche anterior, en el informativo, Puente Plata fue simplemente el título de un reportaje de algo más de ocho minutos con el que todo Logroño se enteró del mote del riojano probeta. Y claro, de su “…defecto sin importancia, probablemente causado por algún desajuste en la manipulación de las células…”A partir de ese momento, el cariñoso apelativo familiar que le acuñaba, se convirtió en una verdadera pesadilla. Nadie más le llamó ni Manolito ni Vilacoro. Ya solo se refirieron a él con el humillante mote, y el que hasta entonces fuera un niño feliz, se convirtió en un adolescente mustio, serio, siempre a la defensiva, y que cada día se sufría acomplejado.

Al llegar a los dieciocho, hubo que decidir sobre su futuro en la universidad. Puente Plata se negó a irse al campus de Salamanca ni al de Zaragoza, donde sin duda estarían la mayor parte de sus compañeros de instituto, para los que seguiría siendo el camarada Puente Plata. Informó a sus padres de que, si querían que estudiara, como cerca se iría a la capital del reino, donde podría empezar una nueva vida en la que camuflar aquel cada vez peor defecto que, curiosamente, nadie veía como tal, y por tanto nadie se planteo solucionarle al chico. Él, resignado, recuperaría allí, al menos, su identidad de Manolito Vilacoro.

Y así, fue como llegó a Madrid: esperanzado, bello, recio, con algo más de un metro ochenta, delgado, bien musculado, de cabello que seguía siendo rubio oscuro y un verdor cambiante en sus ojos que le hacía inmensamente atractivo. La boca, de labios jugosos y rosados, era perfecta, siempre que….. la tuviera cerrada. La verdad es que su acomplejada adolescencia, le había convertido en un larguirucho guapo pero, triste y serio. Puente Plata nunca se reía, salvo en la situación que ya le era natural: cuando presenciaba que alguien daba un tropezón.

En el autobús de ida a Madrid, pusieron una película en la que el protagonista era un actor americano, que a la sazón, interpretaba a un empresario francés en asuntos de negocios, allá en Los Ángeles. El doblaje en español, adjudicaba al actor una voz con acento afrancesado que, de todos modos, utilizaba un perfecto castellano. Puente Plata dio entonces con la estrategia que le haría volver a ser Manolito Vilacoro: el joven en vez de Logroño diría ser procedente de Burdeos (por aquello de su cercanía al vino), hablaría una perfecta lengua española pero, con acento afrancesado, lo que le ayudaría a poder mantener, como el actor, el labio superior siempre muy estático, la boquita al hablar más bien cerrada y oculto, por supuesto, el maldito puente entre los dientes. Y así se bajó del autobús diciendo un:

– ¡Hasta luego, señog conductoggg…!-  sin dejarse así mismo duda alguna de que, en el trayecto, había cambiado definitivamente de nacionalidad.

Su incorporación a la vida de la universidad fue verdaderamente amable y gratificante. Además de su autoestima, recuperó el nombre de pila y cuando se presentaba decía orgulloso:

– Soy Manuel Vilacogo. Encantado de conocegte…

Sonaba un poco raro pero,  en el movido Madrid de aquel momento, nadie se paró a analizar si el chico era de aquí o de allá. Así que Puente Plata no encontraba dificultad en, poco a poco, ir añadiendo a sus colegas información sobre su origen hispano-francés, y sobre aquel acento que ni podía ni quería superar.

Hasta entonces, y sobre todo por el complejo que arrastraba desde aquel horrible cumpleaños, Manolito se mantenía alejado del amor. Pero un apretón primaveral sorprendió a Puente Plata el día que se reconoció completamente enamorado de Ana María. La chica, era divertida, un poco gamberra pero apacible y conciliadora con sus amigos, especialmente con Manolito, al que siempre incitaba a reírse haciendo y contando mil tonterías. Pero Manolito se mantenía firme en su seriedad, y solo de vez en cuando, más como concesión por mantenerla interesada, que otra cosa, alargaba un poco la boca lateralmente, eso si, controlando siempre evitar la elevación de su labio superior. El caso es que entre juegos y risas sujetas, Ana María le buscaba cada vez más. Y estando ya en segundo de biología, profesión con la que se dedicaría íntegramente a la investigación, Puente Plata decidió que era el momento de coger al toro por los cuernos y encamarse con ella cuanto antes.  Como aparte de una compañera del instituto que nunca le puso trabas ni por el puente ni por nada, no tenía mucha experiencia, Vilacoro se preparó un auténtico guión, basado en películas francesas, que le ayudaría a ejercer de seductor.  En Internet se dedicó a estudiar los gestos de los humanos en el sexo, particularmente de los hombres. Con ellos aprendió a identificar cada movimiento típico y sobre todo,  cada uno de los momentos en los que la excitación les hacía abrir la boca. Aprovechó para hacer prácticas constantes en solitario, con fines autodidactas, por supuesto, y el objetivo de aprender a fijar su labio superior, pasara lo que pasara, incluidos los clásicos gritos o grititos que podría llegara a dar en un azorado encuentro con la mozuela. El caso es que un buen día, después de meses de preparación, dio por aprobado su autoexamen y quedó para a cenar con Ana María, con la intención, por supuesto, de rematar faena después de una copa.

Se citaron en la barra de un bar. Puente Plata se mostró especialmente cercano y seductor, usando unos pegajosos y antiguos:

– “Guy, guy, guy, mon amour… Se la vie…. “Tgebian”, mon petite. Se te ve pgeciosa esta tagde, mon “chegui” ….”

que sonaban a caspa de hacía mil años pero que a Ana María le hacían reír y decirle muy juguetona:

– Francesito, esto promete.

Por fin, después de cenar en un pequeño italiano, con poca luz y mucho cava, el Puente estaba ya decidido a que ni copas ni nada, se la llevaba del tirón a casa, a practicar la firmeza de su labio. Pero entonces, los azares de la vida le hicieron descubrir que había algo para lo que nunca estaría preparado. En la penumbra, una joven distrajo su atención mirándole insistentemente desde otra mesa. Él en principio creyó no reconocerla pero, su cerebro trabajó muy rápido y recordó que era Pilina, del instituto, habitual de la pandilla que peores burlas le había jugado por su “defectillo”. Nervioso, pidió la cuenta y quiso apurar la huída, para evitar que la pécora pudiera acercarse, hablarle, delatarle, y hacer que Ana María, y quien sabe después cuantos más, se enterase de que era de Logroño, le llamaban Puente Plata, y eso tenía una razón digna de conocer. Ana María se sintió alagada por la repentina prisa del joven y, pensando que era porque ya no resistía ni un segundo más el deseo que le encendían sus encantos, tomó su bolso, su chaqueta y se dispuso para salir corriendo cogida de su mano. Pero al ir a levantarse, con las prisas, la moza enganchó uno de sus toscos tacones de madera con plataforma, en la pata sobresaliente de la mesa. Aun no se había asido de los garfios de Puente Plata que, agitado, se guardaba la visa y el recibo en la cartera, al tiempo que apuraba el último trago del cava barato que acababa de pagar. Y entonces ocurrió: Ana perdió el equilibrio sobre la pierna derecha, intentó de una gran zancada recuperarlo con la izquierda, alzó el brazo al aire como confiada en que una mano divina la sujetaría pero, ni divina ni humana, se retorció contra el suelo en el mayor tropezón que jamás imaginó que podría darse una guapaza como ella. Y claro, ocurrió lo peor. Vilacoro arrancó en la carcajada más monumental que jamás había imaginado, y a la vez, el trago fugaz que aun tenía en su boca, salió disparado por su puente hacia la cara de la pobre víctima que, en el suelo, dolorida en cuerpo y alma, le miró estupefacta y espantada. Aquel tipo tenía un agujero entre los dos paletos, que jamás pudo imaginar en ningún humano. El tío además, lejos de ayudarla y consolarla, se reía estrepitosamente, salpicándole después con una espesa y chispeante saliva, sin ni siquiera hacer un movimiento para ayudarale a levantarse. En mitad del lío, y aún para mayor sorpresa, la joven de la mesa de al lado, gritando como una loca, se acercó al galán diciendo:

– ¡Coño, coño, coño, los de Logroño, los de Logroño. ¡Aupa ese Puente Plata!. Estaba segura de que eras tú…

 

BRAVA MADRINA

HANÓI DE LA NUEVA VIDA

Era un mes de Agosto, pero yo no tenía calor. Solo sentía el nudo en el estómago que me marcaba la evidencia de que aquel viaje era el final de mi pasado. Solo sabía lo que estaba escrito en los papeles: que debía embarcar y tomar el vuelo a Londres. El primer paso para llegar a un prometido Hanói. Solo sabía, que en ese recorrido debía de encontrar una respuesta a mi propia decisión de cambiar, recuperar a la mujer que había en mi y volver a vivir, en algún sitio. Aquel viaje, a un país que había estado en guerra y había conseguido recuperar su propia paz, tenía que ser mi ejemplo. Y una crónica mental que aun recuerdo, comenzó así:

Del aeropuerto al hotel, cansada y confundida por el sueño, solo supe ver una ciudad en la que, con muy poca luz, grupos de personas se hacinaban en las puertas de las casas, para hablar y reír. Si no fuera porque estaba tan lejos y todos se me mostraban con rasgos diferentes, podría haber llegado a creer que, antes que yo, habían viajado hasta allí un grupo de familias andaluzas, con sus sillas y su tele, reunidos, a la fresca, en la entrada de sus casas. Como queriendo que me confundiera, que llegara a creer que no podía haber otra vida diferente. Vi, entre todos, a una anciana que fumaba una cachimba. El brillo de sus ojos negros, destacando en medio de la noche, me lanzó fuera de mi oscuridad.

“Mujer que estás en este lado. Ayúdame a creer que, de verdad, existe otro lugar, aunque no sea un paraíso. Dame sueños con el humo de tu pipa, dame descanso en mi confusión. Deja que duerma, y mañana entienda que aquí todo, al menos, apunta a ser de otro color”.

Hanói, con luz, se presentó como una auténtica masa de seres que no me miraban. Se mezclaban unos con otros, algunos vestidos de orientales, otros como humildes occidentales. Parecían estar de acuerdo en ir todos en la misma dirección. Me sentí confundida, perdida dentro de un parque temático. Sol, humedad, pero, sobre todo, gente. Mucha gente en bicicleta. Mucha gente andando, y mucha gente que parecía instalada en aquellas calles organizadas por gremios y profesiones. Una zona para lápidas y sepulturas, otra de flores de verdad, de plástico, de tela, de madera. Dos calles completas con tiendas que solo vendían papeles para regalo, tarjetas, lazos, cintas, bolsas, adhesivos de colores, sobres transparentes, lápices para rotular. Un escaparate perfecto para mis sueños de niña. La siguiente calle a mis ojos, pintaba de farolillos. Y después otras, llenas de tiendas y puestos que solo vendían zapatos!….Allí me demoré.. ¡tanto tiempo!. No importaba. Ya no iba a tener prisa. Chanclas, tongs, mules y al final de mi vista, botas rudas de cowboy. Fucsia, amarillo, azul. Verde limón. Giré otra esquina: cuadernos, lápices, bolígrafos, paquetes de hojas y tarjetas, gomas para borrar. Sellos y tampones con letras y animales, tintas, ceras y secantes. Después, la magia de las sedas: pañuelos, fulares, túnicas, camisas. Millones de adornos y collares de cuentas, siempre ordenados por los mismos colores. Cansada y casi devastada, decidí recorrer el resto, sentada en un rick-shaw. El anciano que pedaleaba, cuando pactamos el precio, ni siquiera me miró.

 

“Mujer que vendes zapatos, hazme olvidar la indiferencia. La desidia que se produce al final de cada amor. Hazme recordar que merezco que me miren, que me entiendan. Y que solo los necios que dejen de verme tras recibir su recompensa, serán a los que yo escupa de mi vida, en la que, en adelante, reinará primero la paz, y si acaso, el perdón”.

Tras el recorrido por el centro, llegué a la pagoda de Un-Pilar. Otra que, además de mujer, fuera diosa. Diosa de la fertilidad. Un altar en el centro albergaba la pequeña estatua. Su suelo lleno de ofrendas de flores, de frutas, de pequeños papeles con mensajes escritos, doblados e intercalados en las dotes de aquella reina ¿o era diosa?. Era mujer. Subí la escalinata de madera, aire solo a los lados, miedo a perder el equilibrio (como en las escaleras sin barandilla de los hórreos de mi pueblo). Hice mi propia ofrenda: un atillo de flores de colores y una barra de incienso, que me vendió la lugareña colocada a pie de pista. Me faltaba entregar el papelito del mensaje y, como no queriendo ser menos, saque de un bolsillo mi entrada de acceso al templo. Y la firmé, porque no sabía que poner. Pero, lo hice por si la diosa dudaba de que era yo quien se postraba a sus pies, esperanzada, entregándole una súplica sorda. Pidiéndole algún tesoro.

“Diosa/mujer que me miras altiva. Mira mis ojos, mírame bien y observa también mi cuerpo. Déjale albergar más vida, y haz que llegue a él algún tipo de semilla, aunque sea una semilla de flor. Mujer que eres madre y fértil, consuélame de mi desdicha, y no dejes que me ciegue en el dolor. Dame el consuelo de que las rosas, mis rosas, salgan cada primavera. Aunque solo sea en alguna maceta, de algún balcón ”.

Paseando entre los jardines, llegué, al fondo, a lo que creí que era una casa. Techo y columnas de madera labrada, sin paredes. Lleno de gente. En uno de los lados, unas puertas inmensas, que no cerraban nada. Era “todo exterior”. Sonreí a un grupo que, sentado en el suelo, celebraba algo. Una boda, pensé. Personas de blanco impoluto, que comían cuencos de arroz. Flores por todos sitios. Frutas, semillas, dos grandes ollas tapadas con algo dentro que no se me ofreció. De pronto, con la misma sonrisa de tonta que yo debía de tener en medio de aquella fiesta, se me acercó una poco más que niña. Me tendió una tacita con té.”Es una boda”, me convencí. Con mirada aprobadora, una mujer, más mayor, movía afirmando su cabeza, y también me sonrió. Me sentí embaucada de sorpresa. Cintas blancas, atadas de una a otra columna, adornaban aquel improvisado salón. Mientras bebía, embobada, tanteaba con mis ojos todo lo que quería saber. Un grupo extranjero se acercó. Oí al guía al que entendí lo suficiente: “Un funeral”, explicó. “Es una fiesta de muerte, que profiere una gran reencarnación”. Y yo buscando a los novios….

“Mujer que ya te has marchado pero, que buscas volver. Rezo aquí, entre los tuyos, y apuesto por tu regreso. Ayúdame, mujer, en el mío. Deja que, como tu, encuentre el nuevo lugar. Encuentre de nuevo un cuerpo en el que, al fin, se pueda anclar mi alma. Al menos, durante otro tiempo.”

 

Avergonzada al principio, feliz y satisfecha al final, acabé el té y me fui. Me reí. Caminé en dirección a la Casa de la Literatura. Compré fruta y agua a una reconocible vietnamita, con cestos colgados de la vara que apoyaba en su espalda. Pensé en los cientos de veces que me soñé así, como porteadora en equilibrio, con los hombros y los brazos fuertes. Sin perder la planta ante los compradores extraños. Mientras comía, llegué. Esperaba encontrar miles de libros antiguos. Pero ya solo quedaban unos escasos pergaminos, guardados en antiguas vitrinas. Y paz, mucha paz de estancias orientales. Esculturas de garzas y tortugas. Restos de una vieja sillería lacada en negro, raída. Piedras escritas que contaban la historia antigua del país. Me quedé con el recuerdo de la paz, las voces que mi mente quiso oír, las lecturas que supuse de jóvenes estudiantes. Y muñequitos de madera de colores, con hilos de marionetas, movidos por unas manos de mujer. No, no representaban a ningún Dios. Ni a ningún antiguo miembro de aquella casa. Solo eran un colorido souvenir.

“Mujer que mueves los hilos, mientras los hombres aprenden. No te lleves la humildad de mi ignorancia. Deja que perdure en cada nuevo lugar, en cada oficio donde la vida tenga algo que enseñarme. Haz que vuelva a mi la paciencia del estudio, y que el fin del antiguo vivir, no arrastre consigo la esperanza de llegar a saber. O al menos, la de intentarlo.”

Se acababa el día en la ciudad y, en un acto de turística rebeldía, me negué a visitar la tumba de Ho Chi Min. Al atardecer, crucé el puente de piedra que salvaba las aguas de un lago. Fui a ver la caída del sol, en las puertas del templo de Nogoc Son. Un templete a la espalda, y un gran buda frente a mi. Más de seis metros de salvación, tumbados en expresión sonriente. Como un plácido ser que se sabía eternamente allí, envuelto en el olor del incienso y el jazmín, conocedor de que, al poco, todos partiríamos para hacer que el mundo siga. El sin embargo, sin dormir, cogería en brazos a su vieja, sagrada tortuga ya, también de piedra, y la llenaría de emotivos cantos, a golpe de algo, que me pareció un gong. Un hombre que ni siquiera tenía cuencas para albergar ojos, parecía mirar aquella reconfortante puesta de sol. Un lesionado de guerra, pensé. O un niño nacido del semen de aquella maldita bomba.

“Mujer animal que yaces cada noche en los brazos de tu amado. Gracias por tu silencio. Por tu equidad. Por darme la referencia de que hay este lugar. Tortuga amistosa y célebre que antaño fuiste famosa. No anhelo entender tu magia. Solo quiero que este estado, que esta serenidad que de tu mirada llega, siga en mi. Y, después de verte, y de este día en que te encuentro, ya no quiero nada más. Solo vivir. Dame la fuerza de tu piedra. Deja que llegue hasta mi el amor de tu hombre tumbado. Hazme creer que ver el sol del final del día albergará en mi la aspiración de llegar, de nuevo, al amanecer ”.

 

Brava Madrina

EL SITIO DEL QUE NUNCA ME FUI

 

Había una vez un lugar en el que nada tenía que pasar porque sí. Llegué allí a la edad de 12 años, aterrizando desde un sueño fantástico en el que mi hermano me transportaba el alma en una motocicleta espacial. No sé, en verdad, desde donde veníamos. Solo recuerdo que llegué dormida, apoyada en su espalda, procedente del relax que da descansar contra el cuerpo de alguien que te quiere, que tal vez daría, o no, la vida por ti. Pero, que sabe cuidarte con medida y sin pudor. Y aunque no quería salir de los cuentos de hadas de mi infancia, parecía que aquel bosque y aquel mar eran lo más mágico que jamás hubiera podido descubrir.

 

En los días siguientes, perdida en lo que me parecía un nuevo planeta, conté más de mil árboles, aromas y vientos. Me hice amiga de una hormiga viajera. Le escuché relatarme su escalada al David de Miguel Angel, y soñé con ella que íbamos en barco, ella al timón y yo sentada a babor, viendo delfines saltar amándose al atardecer. Se fue cuando recibió el telegrama de un dragón que le invitaba a volar con él hasta Estambul. Y yo, desde entonces, quise conocer el mundo.

 

Empecé haciendo excursiones por las montañas, contando ovejas despiertas, y acariciando sus pelos enroscados que algún día serían jerséis. Tras un tiempo que no se cuánto duró, mi hermano también se fue. No me abandonó. No me dejó. Simplemente, se fue, supongo que a su propio sitio. Entonces, sentí frío en la espalda, y descubrí que estaba sola. O que, simplemente, aun no sabía elegir estar acompañada.

 

Noche tras noche, miraba a las estrellas esperando una señal, tal vez de Dios, que me hiciera saber, al menos, donde encontrar refugio en aquella vida, atiborrada de intensidad y de valor. Habían pasado meses, ¿años?, no lo se, Vagaba de planta en planta, como un pájaro. De flor en flor. Y aunque encontraba personas y animales, fuentes, ríos, praderas y agujeros convulsos y negros como el carbón, ninguno decía nunca nada del planeta, ¿o era solo un continente? ¡Tanto tiempo ya, sin saber! Empecé a sentir calor cuando, un anciano leñador se cruzó conmigo en un camino. Me miró sonriente, y después lloró. Tenía rostro de padre. No entendí. Seguí andando.

En un mes de marzo, encontré un gato blanco como un dulce-cotón. Se instaló en mi vida y caminó a mi lado en el viaje de cada mañana. Apenas maullaba. Se desperezaba y se lamía las patitas, lavándose la cara con su felina saliva. Nos sentábamos juntos a ver amanecer, con legañas los dos. Por las tardes jugábamos al ajedrez y le enseñé a tejer con dos agujas. El me enseñó a revolcarme sobre el lomo y a cazar insectos a la orilla de los ríos. Nos contábamos sueños de andanzas aventureras que nos hacían gozar ¿de qué? Yo de él, el de mi…aun no sabía de qué más. La supervivencia se hizo grata. Y no hubo nada que fuera más importante.

 

Pasó el tiempo, y seguía atravesando las horas sin mucho más que nuestra pura existencia. De pronto eché a correr detrás de un montón de mariposas. Y entonces, apareció un él, que se me hizo diferente. Recuerdo bendito de amistad, que surgía en el final de una noche de verano. Hombre joven, cuidadoso y fugaz como una estrella, posaba su mano encima de mis hombros, sin decir nada, sin ni siquiera mirarme, con la única intención de hacer sentir que estaba allí, a mi lado. Ahora creo que él sintió que ansiaba amarme. Entonces no entendí. Pero el sonido de las olas me cantó: “joven niña que tanto buscas, ya no preguntes más: estas en la Isla del Amor”. Que maldita certeza me invadió entonces….

 

No me sentí libre, claro que no. Pero, yo le dejé contar. Le dejé embelesarme. Me dejé querer sin hacer nada. Hidalgo y majestuoso, en mi primer rubor, me besó. Nunca me dijo un te quiero. Y yo simplemente entendí, en noche de luna llena, que me tocaba recordarle para siempre. Porque se fue, claro. Él también se fue. Mi gato blanco murió el día después.

 

Hubo más hombres, claro que sí. Hubo más gatos, más ovejas y más hormigas. Hubo flores y lunas sin cesar. Hubo amor. Incluso hubo otro hermano de visita. Pero, lo cierto es que he pasado el resto de mi vida sin esperarle, pero esperando. Desde entonces, desde aquel él, tengo mucho más que contar. Porque allí nací para vivir historias bonitas. O tal vez, porque un día, muchos años después de mi llegada, me regalé esta llave para crearlas. La llave de los cuentos. Y de tanto soñar despierta, ya no he querido dormirme nunca más.

 

Había una vez un lugar, fuera del mundo, en el que todo podía pasar……

 

Brava Madrina