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Por Brava Madrina

Manolito Vilacoro se hizo famoso desde antes de nacer. Su padres, Asunción y Julián, fueron una de las primeras parejas españolas que, renovar o morir, emigraron a la capital en busca de su niño probeta. Abatidos tras cinco intensos años tratando de criar polluelos sin conseguirlo, con su atillo ligero, partieron desde Logroño a Madrid, a una clínica recién inaugurada, que prometía “la mejor tecnología y modernidad de la ciencia…”, especialmente en lo relativo a la fecundación que aun no se llamaba “in Vitro”.

11 meses después de aquel viaje, entre reporteros y plumillas que llegaban al hospital de la capital, nació Manolito Vilacoro, el primer riojano de bote que vino al mundo sereno, feliz, y guapo como su madre. Manolito Vilacoro era un niño de ojos verdes, pelo rubio oscuro, mejillas sonrosadas, y talla y peso completamente normal. Solo sufrió una pequeña anomalía en su crecimiento,  que los años demostraron que no era tal. A Manolito Vilacoro no acababan de salirle los “paletos”. Ya había cumplido los dos años y chapurreaba algún que otro chascarrillo seseante cuando por fin Asunción, aplaudiendo primero y comiéndoselo a besos después, celebró emocionada el dientecito que asomaba en el centro de su boca. Dos meses después salió el segundo, bastante separado, eso si. Pero Asun y Julián pensaron que eso, lejos de ser un defecto, incluso hacía que Manolito Vilacoro pareciera más gracioso. Pero, cuando Manolito creció, y  con él los nuevos dientes, definitivamente los dos centrales quedaron exageradamente separados el uno del otro, dejando entre ambos un puente que desde que asentó su existencia, sus padres llamaron “Puente Plata”.

Al principio, el pequeño aceptaba contento las bromas de amigos y familiares sobre aquello que decían “no tenía importancia….”. Puente Plata, como ya le llamaban en su casa, seguía siendo un niño alegre y divertido que no sentía reparo en dejar el puente al aire, cuado algo le hacía gracia. Sobre todo, cuando presenciaba un tropezón. Se partía, no podía evitarlo. No importaba el origen, la persona o la situación en la que alguien tropezaba. Servía el tropezón de un actor en una película, el de su amigo en las correrías campestres o el de su propio padre al no medir la subida de un peldaño de escalera. El caso es que, como si le apretaran un resorte, los tropezones se habían convertido en una causa incontrolable para la risa del chico. Y al reírse tanto, su saliva salía disparada por el puente, salpicando a los que estaban alrededor, incluido el pobre caído que siempre le acababa mirando sin indulgencia a tanta fiesta. Eran estas las únicas ocasiones en las que Asunción, dirigiéndose a él por su nombre de pila” le decía:

– Manolito, ¡controla el puente!

Pero, Manolito no podía cerrar la boca y la mayor parte de las veces, tenía que irse del sitio para, ajeno al percance, poder calmarse.

Con el tiempo, Manolito Vilacoro fue creciendo y, lo que antaño resultara tan gracioso, un día inesperado se convirtió en un auténtico problema.  En su décimo tercer cumpleaños, Julián quiso regalar a Vilacoro Junior un reloj: un modelo digital de reciente lanzamiento, la locura de todos los adolescentes,  al que añadieron una chapita metálica en la correa con una inscripción que ponía “Puente Plata”, y la fecha del día. Casualmente, un reportero de la recién inaugurada televisión local, recordó que era el cumpleaños del primer riojano probeta. Un poco falto de noticias, decidió tirar de un cámara novato, y plantarse por sorpresa en  la casa del chico. Eran ya las siete de la tarde,  y la familia lo estaba celebrando. Los padres encantados, hicieron pasar al periodista  y a su acompañante, convidándoles a una cerveza.  Asun emocionada, instó a Manolito a que les mostrara su flamante reloj. El redactor, reparó rápidamente en el detalle de la chapa y leyendo la inscripción, pregunto curioso por el significado de la misma. Faltó tiempo para que los orgullosos padres le dieran todo tipo de detalles y explicaciones, terminando su discurso con un:

– Anda hijo ¡ríete un poco!, que este señor tan majo te pueda ver tu Puente Plata.

Pero por primera vez Manolito, sospechando que aquel reportero dicharachero cambiaría su vida sin remedio, no sonrió. Apretó sus labios con fuerza y se negó, rotundamente, a abrir la boca.

Al día siguiente, todos en el colegio le estaban esperando cargados de crueldad. La noche anterior, en el informativo, Puente Plata fue simplemente el título de un reportaje de algo más de ocho minutos con el que todo Logroño se enteró del mote del riojano probeta. Y claro, de su “…defecto sin importancia, probablemente causado por algún desajuste en la manipulación de las células…”A partir de ese momento, el cariñoso apelativo familiar que le acuñaba, se convirtió en una verdadera pesadilla. Nadie más le llamó ni Manolito ni Vilacoro. Ya solo se refirieron a él con el humillante mote, y el que hasta entonces fuera un niño feliz, se convirtió en un adolescente mustio, serio, siempre a la defensiva, y que cada día se sufría acomplejado.

Al llegar a los dieciocho, hubo que decidir sobre su futuro en la universidad. Puente Plata se negó a irse al campus de Salamanca ni al de Zaragoza, donde sin duda estarían la mayor parte de sus compañeros de instituto, para los que seguiría siendo el camarada Puente Plata. Informó a sus padres de que, si querían que estudiara, como cerca se iría a la capital del reino, donde podría empezar una nueva vida en la que camuflar aquel cada vez peor defecto que, curiosamente, nadie veía como tal, y por tanto nadie se planteo solucionarle al chico. Él, resignado, recuperaría allí, al menos, su identidad de Manolito Vilacoro.

Y así, fue como llegó a Madrid: esperanzado, bello, recio, con algo más de un metro ochenta, delgado, bien musculado, de cabello que seguía siendo rubio oscuro y un verdor cambiante en sus ojos que le hacía inmensamente atractivo. La boca, de labios jugosos y rosados, era perfecta, siempre que….. la tuviera cerrada. La verdad es que su acomplejada adolescencia, le había convertido en un larguirucho guapo pero, triste y serio. Puente Plata nunca se reía, salvo en la situación que ya le era natural: cuando presenciaba que alguien daba un tropezón.

En el autobús de ida a Madrid, pusieron una película en la que el protagonista era un actor americano, que a la sazón, interpretaba a un empresario francés en asuntos de negocios, allá en Los Ángeles. El doblaje en español, adjudicaba al actor una voz con acento afrancesado que, de todos modos, utilizaba un perfecto castellano. Puente Plata dio entonces con la estrategia que le haría volver a ser Manolito Vilacoro: el joven en vez de Logroño diría ser procedente de Burdeos (por aquello de su cercanía al vino), hablaría una perfecta lengua española pero, con acento afrancesado, lo que le ayudaría a poder mantener, como el actor, el labio superior siempre muy estático, la boquita al hablar más bien cerrada y oculto, por supuesto, el maldito puente entre los dientes. Y así se bajó del autobús diciendo un:

– ¡Hasta luego, señog conductoggg…!-  sin dejarse así mismo duda alguna de que, en el trayecto, había cambiado definitivamente de nacionalidad.

Su incorporación a la vida de la universidad fue verdaderamente amable y gratificante. Además de su autoestima, recuperó el nombre de pila y cuando se presentaba decía orgulloso:

– Soy Manuel Vilacogo. Encantado de conocegte…

Sonaba un poco raro pero,  en el movido Madrid de aquel momento, nadie se paró a analizar si el chico era de aquí o de allá. Así que Puente Plata no encontraba dificultad en, poco a poco, ir añadiendo a sus colegas información sobre su origen hispano-francés, y sobre aquel acento que ni podía ni quería superar.

Hasta entonces, y sobre todo por el complejo que arrastraba desde aquel horrible cumpleaños, Manolito se mantenía alejado del amor. Pero un apretón primaveral sorprendió a Puente Plata el día que se reconoció completamente enamorado de Ana María. La chica, era divertida, un poco gamberra pero apacible y conciliadora con sus amigos, especialmente con Manolito, al que siempre incitaba a reírse haciendo y contando mil tonterías. Pero Manolito se mantenía firme en su seriedad, y solo de vez en cuando, más como concesión por mantenerla interesada, que otra cosa, alargaba un poco la boca lateralmente, eso si, controlando siempre evitar la elevación de su labio superior. El caso es que entre juegos y risas sujetas, Ana María le buscaba cada vez más. Y estando ya en segundo de biología, profesión con la que se dedicaría íntegramente a la investigación, Puente Plata decidió que era el momento de coger al toro por los cuernos y encamarse con ella cuanto antes.  Como aparte de una compañera del instituto que nunca le puso trabas ni por el puente ni por nada, no tenía mucha experiencia, Vilacoro se preparó un auténtico guión, basado en películas francesas, que le ayudaría a ejercer de seductor.  En Internet se dedicó a estudiar los gestos de los humanos en el sexo, particularmente de los hombres. Con ellos aprendió a identificar cada movimiento típico y sobre todo,  cada uno de los momentos en los que la excitación les hacía abrir la boca. Aprovechó para hacer prácticas constantes en solitario, con fines autodidactas, por supuesto, y el objetivo de aprender a fijar su labio superior, pasara lo que pasara, incluidos los clásicos gritos o grititos que podría llegara a dar en un azorado encuentro con la mozuela. El caso es que un buen día, después de meses de preparación, dio por aprobado su autoexamen y quedó para a cenar con Ana María, con la intención, por supuesto, de rematar faena después de una copa.

Se citaron en la barra de un bar. Puente Plata se mostró especialmente cercano y seductor, usando unos pegajosos y antiguos:

– “Guy, guy, guy, mon amour… Se la vie…. “Tgebian”, mon petite. Se te ve pgeciosa esta tagde, mon “chegui” ….”

que sonaban a caspa de hacía mil años pero que a Ana María le hacían reír y decirle muy juguetona:

– Francesito, esto promete.

Por fin, después de cenar en un pequeño italiano, con poca luz y mucho cava, el Puente estaba ya decidido a que ni copas ni nada, se la llevaba del tirón a casa, a practicar la firmeza de su labio. Pero entonces, los azares de la vida le hicieron descubrir que había algo para lo que nunca estaría preparado. En la penumbra, una joven distrajo su atención mirándole insistentemente desde otra mesa. Él en principio creyó no reconocerla pero, su cerebro trabajó muy rápido y recordó que era Pilina, del instituto, habitual de la pandilla que peores burlas le había jugado por su “defectillo”. Nervioso, pidió la cuenta y quiso apurar la huída, para evitar que la pécora pudiera acercarse, hablarle, delatarle, y hacer que Ana María, y quien sabe después cuantos más, se enterase de que era de Logroño, le llamaban Puente Plata, y eso tenía una razón digna de conocer. Ana María se sintió alagada por la repentina prisa del joven y, pensando que era porque ya no resistía ni un segundo más el deseo que le encendían sus encantos, tomó su bolso, su chaqueta y se dispuso para salir corriendo cogida de su mano. Pero al ir a levantarse, con las prisas, la moza enganchó uno de sus toscos tacones de madera con plataforma, en la pata sobresaliente de la mesa. Aun no se había asido de los garfios de Puente Plata que, agitado, se guardaba la visa y el recibo en la cartera, al tiempo que apuraba el último trago del cava barato que acababa de pagar. Y entonces ocurrió: Ana perdió el equilibrio sobre la pierna derecha, intentó de una gran zancada recuperarlo con la izquierda, alzó el brazo al aire como confiada en que una mano divina la sujetaría pero, ni divina ni humana, se retorció contra el suelo en el mayor tropezón que jamás imaginó que podría darse una guapaza como ella. Y claro, ocurrió lo peor. Vilacoro arrancó en la carcajada más monumental que jamás había imaginado, y a la vez, el trago fugaz que aun tenía en su boca, salió disparado por su puente hacia la cara de la pobre víctima que, en el suelo, dolorida en cuerpo y alma, le miró estupefacta y espantada. Aquel tipo tenía un agujero entre los dos paletos, que jamás pudo imaginar en ningún humano. El tío además, lejos de ayudarla y consolarla, se reía estrepitosamente, salpicándole después con una espesa y chispeante saliva, sin ni siquiera hacer un movimiento para ayudarale a levantarse. En mitad del lío, y aún para mayor sorpresa, la joven de la mesa de al lado, gritando como una loca, se acercó al galán diciendo:

– ¡Coño, coño, coño, los de Logroño, los de Logroño. ¡Aupa ese Puente Plata!. Estaba segura de que eras tú…

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